miércoles, 21 de octubre de 2026

De La Mancha a Almería: Cómo los hidalgos se mudaron a una cueva


Si creíais que lo del éxodo rural y buscarse la vida en otra provincia era un invento moderno, es porque no habéis echado un vistazo al siglo XVI. Después de la expulsión de los moriscos (allá por 1570), el oriente de Almería se quedó más vacío que la nevera de un estudiante a fin de mes. Ya os he dicho muchas veces que no hay nada nuevo bajo el sol... Y si no lo he dicho, intención tuve.


La Corona necesitaba repoblar la frontera a toda pastilla para que los piratas berberiscos no camparan a sus anchas, así que abrió la veda y ofreció "suertes de tierra" (porción de tierra de cultivo cuyo nombre proviene de su origen histórico, al adjudicarse estas parcelas mediante sorteo o azar)  y beneficios fiscales. ¿El resultado? Un crisol de apellidos murcianos, aragoneses y manchegos que bajaron al sur buscando fortuna. Hoy abrimos nuestros archivos para conocer a la familia de Francisco García de Mula y Damiana Segura López, y a la curiosa pandilla de "inmigrantes" del siglo XVI que formaron su árbol genealógico.



Los "De Mula": Apellido con GPS y casas de piedra


Empezamos con la familia de Francisco García de Mula. Su hijo Diego (nacido en 1621) ostentaba un apellido ("de Mula") que funcionaba como un auténtico GPS genealógico de la época, ya que nos indica, con un 99% de probabilidad, que su linaje procedía de la vecina Villa de Mula, en el Reino de Murcia, desde donde emigraron muchos soldados y colonos tras la guerra.


Diego se casó en 1643 con Ana Bolea Alarcón, una chica cuyos apellidos eran un "remix" total (cosa que sSi creíais que lo del éxodo rural y buscarse la vida en otra provincia era un invento moderno, es porque no habéis echado un vistazo al siglo XVI. Después de la expulsión de los moriscos (allá por 1570), el oriente de Almería se quedó más vacío que la nevera de un estudiante a fin de mes. Ya os he dicho muchas veces que no hay nada nuevo bajo el sol... Y si no lo he dicho, intención tuve.


La Corona necesitaba repoblar la frontera a toda pastilla para que los piratas berberiscos no camparan a sus anchas, así que abrió la veda y ofreció "suertes de tierra" (porción de tierra de cultivo cuyo nombre proviene de su origen histórico, al adjudicarse estas parcelas mediante sorteo o azar)  y beneficios fiscales. ¿El resultado? Un crisol de apellidos murcianos, aragoneses y manchegos que bajaron al sur buscando fortuna. Hoy abrimos nuestros archivos para conocer a la familia de Francisco García de Mula y Damiana Segura López, y a la curiosa pandilla de "inmigrantes" del siglo XVI que formaron su árbol genealógico.

e repite en la familia): Bolea (de raíces aragonesas) y Alarcón (castellano y noble). Ambos eran familias de repobladores a los que se les dio tierra para reactivar la agricultura y, de paso, militarizar la zona.


Y no vais a adivinar dónde vivían, pues sólo tenéis que fijaros en el nombre del pueblo: Cuevas de Almanzora (antes Cuevas de Vera o Cuevas del Marqués). Es decir, que esta pareja, como muchos otros, habitaba en viviendas excavadas directamente en la roca. Era el aislante térmico perfecto de la época (y hasta de la actualidad) para sobrevivir a los veranos asfixiantes y a los inviernos helados de Almería.


A estos antepasados nuestros les tocó lidiar con una época complicada (a veces me pregunto qué época no ha sido complicada): la década de 1640 a 1650 estuvo marcada por brutales brotes de peste bubónica y por una sequía espantosa que remató con la catastrófica Riada de San Calixto en 1651. Sobrevivir a su matrimonio y tener hijos ya era, de por sí, el mayor éxito biográfico al que podían aspirar, (bueno, vale, esto sí que fue una época realmente complicada).



Los Manchegos en Almería: La conexión Cerezuela


Si trepamos un poco más arriba en el árbol genealógico de esta pareja, la historia se pone aún más interesante. Nos vamos a los abuelos maternos de Ana: Garci Rodríguez (nacido hacia 1552) y Catalina Sánchez.


Ojo al dato, porque estos no venían de Murcia. Venían directos del corazón del Quijote: Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real (no, si al final estaremos emparentados con Don Quijote...).


¿Qué hacían unos manchegos en la costa de Almería? En el siglo XVI, Villanueva de los Infantes era la flamante capital del Campo de Montiel (se acababa de independizar de la Orden de Santiago) y vivía su Edad de Oro. Pero, claro, las tierras las heredaba el hijo mayor (el mayorazgo). Así que los segundos o terceros hijos de las familias hidalgas locales —como nuestro Garci Rodríguez—, que no iban a heredar ni un botijo, hicieron las maletas y aprovecharon los incentivos del Rey para buscar fortuna en el Reino de Granada.


Garci, que llevaba el nombre de su abuelo (algo indispensable en la época para no perder la condición de hidalgo y no pagar impuestos), se casó con Catalina Sánchez. Su padre, Alonso Sánchez Ramírez, era un labrador rico manchego que seguro que vio con buenos ojos que su hija emparentara con los hidalgos Rodríguez. De ahí, el linaje fue bajando hasta Almería, cruzándose por el camino con los Martínez de Cerezuela, otra familia mítica de la frontera granadina y almeriense.


Los Manchegos en Almería: La conexión Cerezuela


Si trepamos un poco más arriba en el árbol genealógico de esta pareja, la historia se pone aún más interesante. Nos vamos a los abuelos maternos de Ana: Garci Rodríguez (nacido hacia 1552) y Catalina Sánchez.


Ojo al dato, porque estos no venían de Murcia. Venían directos del corazón del Quijote: Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real (no, si al final estaremos emparentados con Don Quijote...).


¿Qué hacían unos manchegos en la costa de Almería? En el siglo XVI, Villanueva de los Infantes era la flamante capital del Campo de Montiel (se acababa de independizar de la Orden de Santiago) y vivía su Edad de Oro. Pero, claro, las tierras las heredaba el hijo mayor (el mayorazgo). Así que los segundos o terceros hijos de las familias hidalgas locales —como nuestro Garci Rodríguez—, que no iban a heredar ni un botijo, hicieron las maletas y aprovecharon los incentivos del Rey para buscar fortuna en el Reino de Granada.


Garci, que llevaba el nombre de su abuelo (algo indispensable en la época para no perder la condición de hidalgo y no pagar impuestos), se casó con Catalina Sánchez. Su padre, Alonso Sánchez Ramírez, era un labrador rico manchego que seguro que vio con buenos ojos que su hija emparentara con los hidalgos Rodríguez. De ahí, el linaje fue bajando hasta Almería, cruzándose por el camino con los Martínez de Cerezuela, otra familia mítica de la frontera granadina y almeriense.




martes, 13 de octubre de 2026

Amor, piratas y el excel eclesiástico: La boda de Martín y Francisca

 

Dejamos, de momento, a los Márquez bien asentados en Cuevas del Almanzora y abrimos los archivos para seguir el rastro de la familia Alarcón. En concreto, el de Martín Alarcón Blázquez, un pisaverde (lo que viene siendo un cayetano) del siglo XVII que nos va a enseñar que, en aquella época, casarse era de todo menos romántico. Era pura burocracia, mucho papeleo y, sobre todo, una cuestión de sumar y restar grados de consanguinidad.

1. Todo queda en casa (otra vez)


Pongámonos en situación o en modo Sofía Petrillo: imagínatelo, Cuevas de Almanzora, 1627. Martín, nacido en 1601, se va a casar con Francisca Blázquez, de la vecina Vera. Hasta aquí, una boda de pueblo de lo más normal. El "pequeño" detalle es que Martín y Francisca eran primos segundos, que diréis que vaya cosa, si ahora eso es totalmente legal. 

Pero en el siglo XVII las cosas, como deberíais saber o imaginar, eran diferentes. 

En aquellos años la Iglesia Católica tenía un sistema de control que ríanse ustedes de la Agencia Tributaria. Usaban el antiguo cómputo canónico (o sistema germánico) para calcular el parentesco, y estaba terminantemente prohibido casarse sin permiso hasta el cuarto grado inclusive. Como primos segundos, Martín y Francisca estaban en el tercer grado. Estaban, literalmente, fuera de la ley divina creada por los terrenales sacerdotes.

¿Cómo se solucionaba esto? Pues, como todo en la Iglesia: pasando por caja. Para que la unión fuera legal, la pareja tuvo que solicitar una dispensa papal. Había que justificar motivos de peso (como no perder el patrimonio familiar o la falta de candidatos decentes en el pueblo, todo muy lleno de sentimientos como veis), pasar por un interrogatorio de testigos locales para demostrar que no había coacciones y, por supuesto, pagar la "composición": una limosna o tasa que variaba según lo forrados que estuvieran los novios. Una vez pagado el peaje, la autopista hacia el matrimonio quedaba expedita.

2. La dote: Sábanas, tierras y un poquito de prestigio norteño


Superado el trámite papal, tocaba sentarse con el notario. Porque, como ya venimos viendo, aquí nadie daba un paso sin atarlo bien en papel sellado.

Francisca no venía con las manos vacías. Aportaba el arraigo local de su familia y, atención, el prestigio de su madre, Melchora "de Cueto" (un apellido del norte peninsular que olía a dinero o hidalguía). Ante el escribano público de Vera, se detalló la dote de la novia al milímetro: sábanas bordadas, camisas de lino, un colchón de lana, joyas de plata, contratos de tierras y cabezas de ganado. Por su parte, Martín aportó el capital propio (la donación por nupcias) para asegurar el futuro. Esto era una fusión de empresas en toda regla.

3. El trabajo del administrador (o cómo vivir de las rentas)


Y, ¿de qué vivía este matrimonio acomodado? Pues, a partir de 1650, Martín no se manchaba las manos de tierra. Heredó y expandió el patrimonio familiar, controlando las ricas vegas de cereales y legumbres del Almanzora, pero su verdadero oficio era el de administrador: arrendaba las parcelas a terceros bajo contratos de aparcería y gestionaba las valiosísimas "horas de agua", que en Cuevas valían más que el oro, esenciales para mantener los olivares y viñedos.

Y también ocupó cargos importantes en el ayuntamiento, ejerciendo de Regidor y de Fiel Ejecutor (controlando precios y vigilando los mercados). Todo un señor feudal del sureste español.

4. Con armadura, pero en casa fortificada


Eso sí, no todo era contar rentas y dormir en sábanas de lino. Vivir en el Levante Almeriense en el siglo XVII seguía siendo un deporte de riesgo.

Como caballero de cuantía, si quería librarse de los impuestos, Martín estaba obligado por ley a mantener a sus expensas un caballo de guerra, lanza y espada listos para combatir. Y falta que hacía, porque la costa sufría los constantes ataques de los piratas berberiscos. Por eso, aunque tuvieran mucho patrimonio, la vida diaria de Martín y Francisca transcurría bajo el miedo constante, refugiados en casas de muros gruesos cerca de las zonas fortificadas de Cuevas, listos para echar el cerrojo si sonaba la alarma pirata.

Burocracia, contratos prenupciales blindados y espadas debajo del colchón de lana. Visto lo visto, ¡lo de las bodas modernas con sus menús degustación es un camino de rosas comparado con lo que tuvieron que sudar Martín y Francisca!





De La Mancha a Almería: Cómo los hidalgos se mudaron a una cueva

Si creíais que lo del éxodo rural y buscarse la vida en otra provincia era un invento moderno, es porque no habéis echado un vistazo al sigl...