miércoles, 21 de octubre de 2026

De La Mancha a Almería: Cómo los hidalgos se mudaron a una cueva


Si creíais que lo del éxodo rural y buscarse la vida en otra provincia era un invento moderno, es porque no habéis echado un vistazo al siglo XVI. Después de la expulsión de los moriscos (allá por 1570), el oriente de Almería se quedó más vacío que la nevera de un estudiante a fin de mes. Ya os he dicho muchas veces que no hay nada nuevo bajo el sol... Y si no lo he dicho, intención tuve.


La Corona necesitaba repoblar la frontera a toda pastilla para que los piratas berberiscos no camparan a sus anchas, así que abrió la veda y ofreció "suertes de tierra" (porción de tierra de cultivo cuyo nombre proviene de su origen histórico, al adjudicarse estas parcelas mediante sorteo o azar)  y beneficios fiscales. ¿El resultado? Un crisol de apellidos murcianos, aragoneses y manchegos que bajaron al sur buscando fortuna. Hoy abrimos nuestros archivos para conocer a la familia de Francisco García de Mula y Damiana Segura López, y a la curiosa pandilla de "inmigrantes" del siglo XVI que formaron su árbol genealógico.



Los "De Mula": Apellido con GPS y casas de piedra


Empezamos con la familia de Francisco García de Mula. Su hijo Diego (nacido en 1621) ostentaba un apellido ("de Mula") que funcionaba como un auténtico GPS genealógico de la época, ya que nos indica, con un 99% de probabilidad, que su linaje procedía de la vecina Villa de Mula, en el Reino de Murcia, desde donde emigraron muchos soldados y colonos tras la guerra.


Diego se casó en 1643 con Ana Bolea Alarcón, una chica cuyos apellidos eran un "remix" total (cosa que sSi creíais que lo del éxodo rural y buscarse la vida en otra provincia era un invento moderno, es porque no habéis echado un vistazo al siglo XVI. Después de la expulsión de los moriscos (allá por 1570), el oriente de Almería se quedó más vacío que la nevera de un estudiante a fin de mes. Ya os he dicho muchas veces que no hay nada nuevo bajo el sol... Y si no lo he dicho, intención tuve.


La Corona necesitaba repoblar la frontera a toda pastilla para que los piratas berberiscos no camparan a sus anchas, así que abrió la veda y ofreció "suertes de tierra" (porción de tierra de cultivo cuyo nombre proviene de su origen histórico, al adjudicarse estas parcelas mediante sorteo o azar)  y beneficios fiscales. ¿El resultado? Un crisol de apellidos murcianos, aragoneses y manchegos que bajaron al sur buscando fortuna. Hoy abrimos nuestros archivos para conocer a la familia de Francisco García de Mula y Damiana Segura López, y a la curiosa pandilla de "inmigrantes" del siglo XVI que formaron su árbol genealógico.

e repite en la familia): Bolea (de raíces aragonesas) y Alarcón (castellano y noble). Ambos eran familias de repobladores a los que se les dio tierra para reactivar la agricultura y, de paso, militarizar la zona.


Y no vais a adivinar dónde vivían, pues sólo tenéis que fijaros en el nombre del pueblo: Cuevas de Almanzora (antes Cuevas de Vera o Cuevas del Marqués). Es decir, que esta pareja, como muchos otros, habitaba en viviendas excavadas directamente en la roca. Era el aislante térmico perfecto de la época (y hasta de la actualidad) para sobrevivir a los veranos asfixiantes y a los inviernos helados de Almería.


A estos antepasados nuestros les tocó lidiar con una época complicada (a veces me pregunto qué época no ha sido complicada): la década de 1640 a 1650 estuvo marcada por brutales brotes de peste bubónica y por una sequía espantosa que remató con la catastrófica Riada de San Calixto en 1651. Sobrevivir a su matrimonio y tener hijos ya era, de por sí, el mayor éxito biográfico al que podían aspirar, (bueno, vale, esto sí que fue una época realmente complicada).



Los Manchegos en Almería: La conexión Cerezuela


Si trepamos un poco más arriba en el árbol genealógico de esta pareja, la historia se pone aún más interesante. Nos vamos a los abuelos maternos de Ana: Garci Rodríguez (nacido hacia 1552) y Catalina Sánchez.


Ojo al dato, porque estos no venían de Murcia. Venían directos del corazón del Quijote: Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real (no, si al final estaremos emparentados con Don Quijote...).


¿Qué hacían unos manchegos en la costa de Almería? En el siglo XVI, Villanueva de los Infantes era la flamante capital del Campo de Montiel (se acababa de independizar de la Orden de Santiago) y vivía su Edad de Oro. Pero, claro, las tierras las heredaba el hijo mayor (el mayorazgo). Así que los segundos o terceros hijos de las familias hidalgas locales —como nuestro Garci Rodríguez—, que no iban a heredar ni un botijo, hicieron las maletas y aprovecharon los incentivos del Rey para buscar fortuna en el Reino de Granada.


Garci, que llevaba el nombre de su abuelo (algo indispensable en la época para no perder la condición de hidalgo y no pagar impuestos), se casó con Catalina Sánchez. Su padre, Alonso Sánchez Ramírez, era un labrador rico manchego que seguro que vio con buenos ojos que su hija emparentara con los hidalgos Rodríguez. De ahí, el linaje fue bajando hasta Almería, cruzándose por el camino con los Martínez de Cerezuela, otra familia mítica de la frontera granadina y almeriense.


Los Manchegos en Almería: La conexión Cerezuela


Si trepamos un poco más arriba en el árbol genealógico de esta pareja, la historia se pone aún más interesante. Nos vamos a los abuelos maternos de Ana: Garci Rodríguez (nacido hacia 1552) y Catalina Sánchez.


Ojo al dato, porque estos no venían de Murcia. Venían directos del corazón del Quijote: Villanueva de los Infantes, en Ciudad Real (no, si al final estaremos emparentados con Don Quijote...).


¿Qué hacían unos manchegos en la costa de Almería? En el siglo XVI, Villanueva de los Infantes era la flamante capital del Campo de Montiel (se acababa de independizar de la Orden de Santiago) y vivía su Edad de Oro. Pero, claro, las tierras las heredaba el hijo mayor (el mayorazgo). Así que los segundos o terceros hijos de las familias hidalgas locales —como nuestro Garci Rodríguez—, que no iban a heredar ni un botijo, hicieron las maletas y aprovecharon los incentivos del Rey para buscar fortuna en el Reino de Granada.


Garci, que llevaba el nombre de su abuelo (algo indispensable en la época para no perder la condición de hidalgo y no pagar impuestos), se casó con Catalina Sánchez. Su padre, Alonso Sánchez Ramírez, era un labrador rico manchego que seguro que vio con buenos ojos que su hija emparentara con los hidalgos Rodríguez. De ahí, el linaje fue bajando hasta Almería, cruzándose por el camino con los Martínez de Cerezuela, otra familia mítica de la frontera granadina y almeriense.




martes, 13 de octubre de 2026

Amor, piratas y el excel eclesiástico: La boda de Martín y Francisca

 

Dejamos, de momento, a los Márquez bien asentados en Cuevas del Almanzora y abrimos los archivos para seguir el rastro de la familia Alarcón. En concreto, el de Martín Alarcón Blázquez, un pisaverde (lo que viene siendo un cayetano) del siglo XVII que nos va a enseñar que, en aquella época, casarse era de todo menos romántico. Era pura burocracia, mucho papeleo y, sobre todo, una cuestión de sumar y restar grados de consanguinidad.

1. Todo queda en casa (otra vez)


Pongámonos en situación o en modo Sofía Petrillo: imagínatelo, Cuevas de Almanzora, 1627. Martín, nacido en 1601, se va a casar con Francisca Blázquez, de la vecina Vera. Hasta aquí, una boda de pueblo de lo más normal. El "pequeño" detalle es que Martín y Francisca eran primos segundos, que diréis que vaya cosa, si ahora eso es totalmente legal. 

Pero en el siglo XVII las cosas, como deberíais saber o imaginar, eran diferentes. 

En aquellos años la Iglesia Católica tenía un sistema de control que ríanse ustedes de la Agencia Tributaria. Usaban el antiguo cómputo canónico (o sistema germánico) para calcular el parentesco, y estaba terminantemente prohibido casarse sin permiso hasta el cuarto grado inclusive. Como primos segundos, Martín y Francisca estaban en el tercer grado. Estaban, literalmente, fuera de la ley divina creada por los terrenales sacerdotes.

¿Cómo se solucionaba esto? Pues, como todo en la Iglesia: pasando por caja. Para que la unión fuera legal, la pareja tuvo que solicitar una dispensa papal. Había que justificar motivos de peso (como no perder el patrimonio familiar o la falta de candidatos decentes en el pueblo, todo muy lleno de sentimientos como veis), pasar por un interrogatorio de testigos locales para demostrar que no había coacciones y, por supuesto, pagar la "composición": una limosna o tasa que variaba según lo forrados que estuvieran los novios. Una vez pagado el peaje, la autopista hacia el matrimonio quedaba expedita.

2. La dote: Sábanas, tierras y un poquito de prestigio norteño


Superado el trámite papal, tocaba sentarse con el notario. Porque, como ya venimos viendo, aquí nadie daba un paso sin atarlo bien en papel sellado.

Francisca no venía con las manos vacías. Aportaba el arraigo local de su familia y, atención, el prestigio de su madre, Melchora "de Cueto" (un apellido del norte peninsular que olía a dinero o hidalguía). Ante el escribano público de Vera, se detalló la dote de la novia al milímetro: sábanas bordadas, camisas de lino, un colchón de lana, joyas de plata, contratos de tierras y cabezas de ganado. Por su parte, Martín aportó el capital propio (la donación por nupcias) para asegurar el futuro. Esto era una fusión de empresas en toda regla.

3. El trabajo del administrador (o cómo vivir de las rentas)


Y, ¿de qué vivía este matrimonio acomodado? Pues, a partir de 1650, Martín no se manchaba las manos de tierra. Heredó y expandió el patrimonio familiar, controlando las ricas vegas de cereales y legumbres del Almanzora, pero su verdadero oficio era el de administrador: arrendaba las parcelas a terceros bajo contratos de aparcería y gestionaba las valiosísimas "horas de agua", que en Cuevas valían más que el oro, esenciales para mantener los olivares y viñedos.

Y también ocupó cargos importantes en el ayuntamiento, ejerciendo de Regidor y de Fiel Ejecutor (controlando precios y vigilando los mercados). Todo un señor feudal del sureste español.

4. Con armadura, pero en casa fortificada


Eso sí, no todo era contar rentas y dormir en sábanas de lino. Vivir en el Levante Almeriense en el siglo XVII seguía siendo un deporte de riesgo.

Como caballero de cuantía, si quería librarse de los impuestos, Martín estaba obligado por ley a mantener a sus expensas un caballo de guerra, lanza y espada listos para combatir. Y falta que hacía, porque la costa sufría los constantes ataques de los piratas berberiscos. Por eso, aunque tuvieran mucho patrimonio, la vida diaria de Martín y Francisca transcurría bajo el miedo constante, refugiados en casas de muros gruesos cerca de las zonas fortificadas de Cuevas, listos para echar el cerrojo si sonaba la alarma pirata.

Burocracia, contratos prenupciales blindados y espadas debajo del colchón de lana. Visto lo visto, ¡lo de las bodas modernas con sus menús degustación es un camino de rosas comparado con lo que tuvieron que sudar Martín y Francisca!





lunes, 28 de septiembre de 2026

El archivo de los Márquez: héroes, Inquisición y curas "desmemoriados"

Preparaos que comienza el desfile de los Márquez.

Dejamos atrás a piratas y especuladores y abrimos por fin el misterioso y abultado cajón de la familia Márquez. Y no veais el culebrón que la archivera mayor del reino ha sacado a la luz: nobleza, censura y fortunas lideradas por mujeres. Inspiración y enredos sin fin para deleite de guionistas.

El epicentro, que no el origen, de esta rama no está en Almería, sino en la vecina Lorca (Murcia), una ciudad que en los siglos XV y XVI era la frontera caliente de la península.

 

1. Del norte frío a codearse con el Cid


Empecemos por donde hay que empezar, es decir, por el principio... Bueno, más o menos porque en geneaología siempre hay un principio anterior al principio. Quizás sea más apropiado decir que vamos a empezar por un punto de la historia que elegimos como principio aunque antes hay muchas, muchísimas cosas. No sé si habrá quedado claro, pero vamos a ello.

 Así que antes de volver a pasear por el sur peninsular, subimos varios kilómetros hacia el norte y bajamos varios siglos en el tiempo, hasta encontrar la casa más antigua, que, según las crónicas, tiene su origen en el Señorío de Vizcaya, pasando luego a radicar en la Villa de Neila (Burgos). Y no hablamos de unos cualquiera sino de gente de «procedencia infanzona», es decir, parientes de la realeza. Tenían casa solariega, capilla propia y hasta sepultura en el insigne templo de San Pedro de Cardeña, entre los ricoshombres de la época.

Para rematar la historia, la Crónica General de España (la misma que citaba nuestro querido don Miguel Flores en su folletón) aclara que el apellido desciende de un tal Marcos Gutiérrez, Castellano de Aguilar, cuyos descendientes empezaron a apellidarse Márquez. Desde esas tierras frías y nobles, las distintas ramas fueron bajando con la Reconquista hasta establecerse en Lorca, Cuevas de Almanzora, Badajoz y Cádiz.

2. El abuelo heroico y el "no pagar"


Y ahora, sí, bajamos al sur y subimos algunos siglos en el tiempo para llegar al lugar donde todo arranca a finales del siglo XV con don Juan Márquez, nacido hacia 1485. Era éste un caballero hidalgo con una carrera militar que harían palidecer de envidia a algún héroe de película yanqui. Nuestro tataratataratatara... y todos los tatara que correspondan... abuelo Juan le tocó participar activamente en las "cabalgadas", misiones de vigilancia y escaramuzas de retaguardia destinadas a pacificar los focos de resistencia que quedaron tras la caída de Granada en 1492. 

Cuando el frente bélico se trasladó a la costa, Juan se integró en los contingentes de caballería y milicias concejiles de Lorca. Su misión era repeler los saqueos y custodiar los caminos contra las rápidas razzias berberiscas que buscaban capturar botín y llevarse a los cristianos como esclavos. Era el perfecto caballero cristiano y, para los habitantes de un Lorca, un salvador.

Pero no os creáis que Juan se jugaba el tipo sólo por amor al arte. Sus hazañas militares sirvieron como prueba jurídica irrefutable en los pleitos de hidalguía para demostrar que su familia no tenía que pagar tributos como los "pecheros". 

Hacia 1515 se casó con Aparicia Rodríguez, una mujer de «calificada estirpe», y juntos fundaron la ilustre casa de Mena y Márquez. Al casarse con ella, confirmaba su "limpieza de sangre" (sin antepasados judíos ni musulmanes).

 ¿Su escudo de armas? Toda una declaración de intenciones: un diseño partido con tres bandas rojas sobre fondo azul, coronado, atención, por un brazo armado sosteniendo una bandera. Lástima no disponer de una imagen de dicho escudo.

3. La sombra de la Inquisición y el cura desmemoriado


Avanzamos un par de generaciones y llegamos a su hijo, Andrés Márquez de Ribabellosa Rodríguez, nacido hacia 1530. Fue un hidalgo, miembro de una rama familiar noble que expandió su influencia hacia la provincia de Almería. Su linaje combinaba raíces de la hidalguía castellana con apellidos asentados en el sureste peninsular. 

Tuvo al menos cuatro hermanos, entre los que destaca Fernando Márquez de Ribabellosa y Rodríguez. Su  relevancia radica en ser el patriarca y tronco común de la rama familiar Márquez de Ribabellosa que se asentó y prosperó en el este de Almería.


En cuanto al apellido compuesto "Ribabellosa" hace alusión a un origen geográfico probablemente vinculado a la localidad de Rivabellosa en el norte de España. Su presencia en Lorca denota que el linaje original formaba parte de las familias del norte que participaron en la Reconquista o la posterior repoblación de las tierras murcianas. 


El rastreo en el corpus histórico de Murcia confirma que la presencia del apellido Ribabellosa en Lorca es muy antigua y estuvo estrechamente vinculada a gremios de hidalguía, escribanías y arte religioso del siglo XVI.


(Yo es que no dejo de alucinar con estos antepasados tan linajudos... y pa lo que hemos quedao).


Casó Andresito con una de las mujeres de la Casa de los Teruel de la que desconocemos el nombre, uniéndose así a la influyente familia Teruel, de gran arraigo y poder político en el concejo de Lorca durante los siglos XV y XVI, consolidando el estatus del linaje y preparando el terreno para la expansión hacia el Reino de Granada. 


El linaje original de los Teruel proviene de caballeros aragoneses que tomaron su apellido tras participar en la reconquista y repoblación de la ciudad de Teruel en el siglo XII (ya sabéis: Teruel también existe). Ramas de esta familia bajaron al sur para unirse a las campañas militares de la Corona de Castilla en el siglo XIII, se asentaron en el Reino de Murcia y pasaron a ser considerados pobladores y herederos de las tierras de Lorca. Ostentaron de manera casi hereditaria cargos honoríficos de gran relevancia en el gobierno local.


¿Y por qué desconocemos el nombre de la esposa de Andrés? Pues hay un par de teorías al respecto, así que teoricemos un poco.


Un miembro clave del linaje en esa época, Alonso de Teruel, estuvo casado con Elvira Pérez, hija de Catalina Berrío: ambas mujeres fueron procesadas y condenadas por el Santo Oficio bajo la acusación de tener ascendencia conversa. Este tipo de conflictos con la Inquisición provocó que muchas ramas de la familia Teruel intentaran limpiar sus árboles genealógicos en las décadas siguientes. Es sumamente probable que por este motivo, en expedientes de hidalguía posteriores de los descendientes, el nombre de pila de la esposa de Andrés Márquez quedara omitido o silenciado bajo la fórmula "N. de Teruel", borrando de los índices oficiales cualquier conexión que pudiera empañar las pruebas de limpieza de sangre del linaje Márquez de Ribabellosa. 


También cabe otra posibilidad, mucho más simple. 

En el siglo XVI, el control del registro civil de la Iglesia apenas empezaba a regularse y era muy frecuente que el cura redactara la partida días después del bautizo o matrimonio basándose en notas sueltas o en su memoria. Quizás recordaba al padre (Andrés) y sabía que la mujer era de la familia de los Teruel, pero olvidó su nombre de pila y se limitó a escribir N. (Nescio: ignoro) Teruel para dejar el hueco en blanco y escribirlo más tarde. Tal vez el párroco anotó los datos en papeles sueltos durante la ceremonia y, semanas o meses después, los quiso pasara a limpio al libro oficial. Pero, claro, que si el sacristán olvida preguntar el nombre, que si el cura pierde el papelito, que si patatín que si patatán, el caso es que te quedabas con el Nescio Teruel (en este caso) para ti para siempre.

4. Las mujeres del Mayorazgo (o quién manda aquí)


El hijo de este matrimonio, Andrés Márquez Ribabellosa y Teruel, también hidalgo, se mudó a Cuevas del Marqués (Almería), donde fue Regidor en 1584, 1589 y 1604. También fue alcalde de la localidad de Aguas en 1600. 

Se casó con Sabina Catalina Gómez de Esquivel Xibaja y Morales, una mujer de la nobleza local terrateniente. Por alianzas, faltaría más, que entre nobles, eso de casarse por amor era cosa de plebeyos.  Él aportaba el poder político y el estatus activo, mientras que Sabina Catalina consolidaba el arraigo territorial y los derechos sucesorios de la familia en la zona

El hijo de ambos, nacido hacia 1603, no se llamó Márquez Ribabellosa como su padre, sino Juan Márquez Xibaja y Morales. ¿Por qué un hijo renunciaría al prestigioso apellido de su padre, que era nada menos que el Regidor? Por dinero, naturalmente. En el Siglo de Oro, las "mujeres de mayorazgo" como Sabina Catalina poseían bienes inalienables (olivares, derechos de agua, capellanías) y ejercían un poder civil brutal en la sombra. Para que el hijo pudiera heredar todas esas tierras y rentas, la ley le obligaba a lucir el apellido materno. 

5. Todo queda en familia


Y terminamos con Juan Márquez Xibaja y Morales, nacido en 1603 que contaba con apenas seis años cuando se decretó la Expulsión de los Moriscos en 1609, quedando el valle de Almanzora prácticamente despoblado. Casi con total seguridad su familia formó parte del contingente de “cristianos viejos” asentados o consolidados para repoblar la zona.

Juan Márquez y Givaja, al igual que sus antecesores, gozaba de la condición de Hidalgo en el Levante Almeriense y, como tal, debía mantener armas y caballo propios listos para combatir. El área de Vera sufría constantes ataques de la piratería berberisca, por lo que debió haber formado parte de las milicias urbanas encargadas de defender las plantaciones y las explotaciones mineras o agrícolas del valle del Almanzora. ¡Qué vida más pacífica llevaba esta gente! Además, debía, aparecer registrado en el "padrón de nobles e hidalgos" de las Cuevas de Vera, lo que le otorgaba el derecho a no ser encarcelado por deudas comunes y a ocupar cargos públicos reservados en el cabildo local (como regidor o alcalde por el estado noble).

Juan se casó dos veces. En primeras nupcias con Isabel Márquez de Ribabellosa, su prima segunda. El abuelo de ella era el hermano del abuelo de él. En una época donde las dotes incluían tierras de regadío y ganado, nada de dejar que el patrimonio se fuera a manos de extraños: todo queda en familia... ¡y que viva la endogamia!

Tras enviudar, Juan se casó en segundas nupcias el 26 de julio de 1628 con quien es nuestra antepasada, Salvadora Alarcón García, uniendo así a dos de las ramas más pudientes y estables de la comarca.

Y es que, visto lo visto, nuestros abuelos no daban puntada sin hilo ni boda sin tierras.



viernes, 18 de septiembre de 2026

De piratas, "VPO" del siglo XVI y una boda muy temprana

 

Después de nuestro paseo por las polvorientas hemerotecas, volvemos a nuestros documentos y regresamos al barro de la frontera almeriense de los siglos XVI y XVII.


Los legajos notariales que mi hermana, exploradora de archivos y navegante de documentos, ha logrado descifrar nos dibujan un panorama que ni en las mejores series de aventuras. Olvidaos del romanticismo, eso no será inventado hasta siglos más tarde: en este lugar y en este tiempo, la gente venía a repoblar un territorio arrasado, a defenderse de los piratas y a asegurar sus tierras a toda costa. 

Pasen y vean cómo se las gastaban nuestros antepasados.


1. Los Valero y el aviso notarial


Arrancamos con Pedro Valero y Luisa Hernández (o Fernández, que usaba ambos apellidos según el humor con el que se levantara). Eran de los llamados "cristianos viejos", colonos que llegaron para repoblar la zona.


La prueba documental de que esta pareja andaba por allí en 1590 es una absoluta maravilla costumbrista. En un documento de la zona llamado Concordia de Huéscar, un escribano va a notificar algo a casa de Pedro, pero como este no está, el notario le deja el recado a su mujer anotando textualmente en el registro oficial, vamos, algo así como el cartero dejándote un aviso... cuando lo dejan:


«... y a Luisa Fernández mujer de Pedro Valero, pa que se lo diga, testigos dichos...».


¿No os encanta ese «pa que se lo diga» oficializado ante notario? Suena tan cotidiano y popular...


Su hijo, Ginés Valero, se casó en 1624 con Petronila Gómez de Alarcón. Y ojo a la vida de esta mujer: tuvo nada menos que 10 hijos en una época donde la mortalidad infantil superaba el 40% (diecinueve años de embarazos y partos separados por unos dos años... agota sólo imaginarlo). Ginés y Petronila eran "pecheros acomodados" (gente de dinero, pero que pagaba impuestos), y mientras ella se pasaba la vida encinta o criando, él tenía por ley que guardar un arcabuz, una espada y una lanza en casa para salir corriendo a defender la costa cada vez que las torres vigía avisaban de que venían los piratas berberiscos. 

El estrés debía de causar estragos en aquellos territorios.



2. Los Molina y las "VPO" de la repoblación 


Por otro lado tenemos a Miguel de Molina y Ginesa García, casados en noviembre de 1574. En su acta de matrimonio aparece la anotación: «Nuevos Pobladores».


¿Qué significaba esto? Que formaban parte de ese contingente de familias que la Corona trajo (probablemente de Murcia o la sierra de Cádiz, ya que sus compadres venían de Grazalema) para habitar las tierras vacías tras la Guerra de las Alpujarras y la expulsión de los moriscos. A estos pobladores el rey les entregaba una "suerte de población", que venía a ser un lote con una casa y tierras de cultivo. Lo que venía siendo una VPO de 1574, pero con la condición de que se quedaran allí a vivir y defender el territorio. A pesar del problema con la vivienda, no sé yo si ahora nos apuntaríamos a algo así.

 Por cierto, una pequeña curiosidad sobre el nombre "Ginés/a": delataba claramente que venían de Murcia, y todo era por el fanatismo de la época hacia San Ginés de la Jara (patrón de Cartagena). Era tal la devoción, que miles de niños y niñas de esa frontera acababan bautizados en su honor. Algo así como llamar Daenerys a las niñas tras Juego de Tronos.


Estas tierras eran tan valiosas que su nieto, Tomás Navarro, decidió años más tarde firmar como "Tomás Navarro de Molina", usando el apellido de su madre para dejar bien clarito de dónde venía el patrimonio y quién era el legítimo titular de las suertes de población. Ya sabéis, sólo por siaca...  El marketing siempre ha existido.



3. El escándalo (que no lo era tanto): La novia de once años


Y llegamos al plato fuerte estratégico de la familia: la alianza de los Navarro y los Abellán. ¿A que os suena? Ya sabéis las décadas pasan, pero las costumbres permanecen.


En 1573, un apuesto repoblador (lo de apuesto me lo acabo de sacar del bolsillo, que lo mismo el señor era más feo que Picio) y soldado llamado Juan Navarro bajó desde las montañas de Vélez-Blanco hasta Vera. Allí se casó con nuestra antepasada Elvira Abellán. Hasta aquí, todo normal, ¿verdad? Pues de eso nada, señores, que aquí hay tomate, porque Elvirita tenía exactamente 11 años, 3 meses y 9 días el día de su boda.


Pero tranquilos, no corráis a llamar a los servicios sociales del siglo XVI (total, tampoco existían), antes hablemos del contexto, porque el contexto es el contexto y es importante contextualizar:


  • La edad legal: El recién clausurado Concilio de Trento había fijado la edad mínima para casar a las mujeres en 12 años.


  • El truco legal: Existía un principio jurídico llamado «malitia supplet aetatem» (la malicia suple la edad), por el cual si el párroco o la familia consideraban que la niña ya estaba desarrollada, tiraban para adelante con la boda sin pedir costosas dispensas al obispo (lo que significara “desarrollada” ya es otra discusión, claro). 


  • El verdadero motivo, LA TIERRA: Vera acababa de sufrir un terremoto que la arrasó, y después una guerra. Estaba vacía y llena de moriscos y corsarios cabreados. Los padres de la niña (Francisco Abellán y Elvira de Segura, grandes terratenientes de la oligarquía local) necesitaban urgentemente casar a su hija con un soldado cristiano viejo como Juan Navarro para que éste defendiera sus enormes propiedades con la espada y, de paso, reclamara más tierras en los repartimientos que estaba haciendo el Rey ese mismo año. Lo siento por los amantes de las comedias románticas, pero me temo que eso del matrimonio por amor no se estilaba.


Fue, pues, un contrato económico de libro. De hecho, la niña ni siquiera usó el apellido Abellán de su padre para casarse, sino que firmó como Elvira de Segura (como su madre), una jugada maestra para blindar jurídicamente que los bienes que heredaba del linaje materno no se pudieran vender ni tocar. Y un dato sobre los Segura: no eran repobladores nuevos, sino pobladores que ya estaban allí. Esto significa que sobrevivieron a los durísimos ataques y masacres que sufrió Vera entre 1569 y 1570 por parte de los moriscos y piratas. Eran unos auténticos supervivientes, lo que le da mucho más peso a por qué su apellido y su patrimonio eran tan sagrados.


Pero, esperad, que hay un pequeño giro: y es que en octubre de 1575, apenas dos años después de casarse con la niña de 11 años y asentar su "Hacienda de Población", vendió o traspasó parte de esas tierras por 28 ducados a un vecino de Murcia. Le faltó tiempo al “apuesto soldado” para llenarse la bolsa. Igual os creíais que eso de la especulación es cosa moderna.


Por cierto, el padre de Elvira, Francisco Abellán, se codeaba con la flor y nata siendo padrino de familias de alta alcurnia (como los Haro o los Cervantes). La jugada de casar a su hija le salió tan bien que sus descendientes directos acabaron siendo Regidores Perpetuos y Alcaldes Mayores de Vera durante los siglos XVII y XVIII. ¡Dejaron atado el poder del pueblo para 200 años! Eso de dejar las cosas del poder  atadas y bien atadas parece  ser tradición hispánica.


Años más tarde, los hijos de esta pareja tan prematura, viendo que en Vera escaseaba el agua, decidieron mudarse al municipio vecino de Cuevas de Almanzora, donde el río daba mejores regadíos y la vida era más próspera.


Y así, a base de matrimonios de conveniencia, de "pa que se lo digas" y de lanzas detrás de la puerta, nuestros antepasados se hicieron dueños del levante almeriense. En el próximo capítulo abriremos por fin el misterioso cajón de la rama de los Márquez. ¡No os lo perdáis!





miércoles, 9 de septiembre de 2026

Parada técnica: Sangre azul, cargos ilustres y cotilleos de los años treinta

 

Antes de seguir metiéndonos en harina con los datos de la familia recopilados con paciencia de hormiga por la iniciadora de todo, hacemos un alto en el camino para enseñaros un descubrimiento fascinante que hemos pescado buceando en las hemerotecas históricas, bueno, hemos no, que no voy yo a ponerme medallas que no me corresponden; la frase correcta es: un descubrimiento fascinante que mi hermana pescó buceando en hemerotecas. Y preparaos, porque dejamos a un lado las azadas de las milicias para codearnos con la realeza y la alta política.

Rastreando la rama de los Márquez, dio —ella, no yo—   con varios ejemplares de 1934 y 1935 del periódico independiente de Cuevas del Almanzora titulado El Censor (el nombrecito, para un periódico, se las trae). En su sección central de título Folletón de El Censor, encontramos un texto firmado por don M. Flores González Grano de Oro, Cronista Oficial de Cuevas.

A don Miguel Flores le habían encargado la monumental tarea de ser redactor-corresponsal en Almería para la gran Enciclopedia Heráldica y Genealógica Hispano Americana, una lujosa obra que se editaba en Madrid con tirada limitada a solo 500 ejemplares. Como a nuestro cronista le parecía una injusticia que aquellos apuntes sobre los linajes de Cuevas se quedaran en una biblioteca exclusiva sin que sus paisanos pudieran conocerlos, decidió compartirlos por entregas  (de ahí lo de Folletón) en El Censor para que cualquier vecino pudiera coleccionarlos. Agradezcamos y aplaudamos la generosidad de don Miguel.

1. La frontera en el ADN: El origen del apellido Márquez


Antes de entrar en partidas de nacimiento, el cronista nos regala la razón que los sesudos genealogistas esgrimen como origen del apellido. Explica, así, que el Márquez procede de la dignidad de Marqués, término derivado del germánico y latino MARC o MARCHIA, que definía el límite o confín de una provincia junto al mar o territorio fronterizo.

Los caballeros encargados de custodiar y gobernar esas zonas límite recibían dicha distinción de Marqués, que con el paso de los siglos se convirtió en título hereditario y en los siguientes patronímicos: Márquez en Valencia y Andalucía, Marqués en Aragón y Castilla, o Marquet en Cataluña y Baleares. Vamos, que nuestros antepasados llevaban el título de «fronteros» hasta en el propio apellido.

El cronista rescata a figuras legendarias del linaje:

  • Un Marcos Gutiérrez, castellano de Aguilar, a quien la Crónica General de España señala como origen de los Marco o Marcos.

  • Juan Márquez, un valeroso caballero que ayudó al rey Fernando III el Santo en la conquista de Sevilla, siendo de los intrépidos que rompieron las cadenas del puente de Triana.

  • Pedro Márquez, que se embarcó con el rey Jaime I de Aragón para la conquista de las islas Baleares, dejando a sus hijos asentados en tierras mallorquinas.

Aprende, Daniel Boone.

2. Del trono de Castilla a las damas de corte


El diario o, mejor dicho, don Miguel, no se anda con chiquitas a la hora de buscar los orígenes del linaje. Lejos de conformarse con hidalgos locales, remonta la «Rama Troncal» familiar directamente a los monarcas castellanos (¿qué os dije del pedigrí?):

  • El origen regio: Sitúa el principio de la estirpe en el Infante don Manuel, séptimo y último hijo varón del rey Fernando III el Santo y su primera esposa, la reina Beatriz de Suabia. A este infante su hermano Alfonso X el Sabio le encomendó nada menos que el cargo de Adelantado Mayor de la frontera del Reino de Murcia.

  • Los señores de fortalezas: De su segundo matrimonio con Beatriz de Saboya nació don Sancho Manuel de Castilla, ricohombre de Castilla, teniente de alcalde del Castillo de Murcia y señor de las fortalezas de Aguadera y Ugejar en la jurisdicción de Lorca, quien cobraba al servicio del rey Jaime de Aragón un sueldo nobiliario de 2.000 sueldos anuales.

  • La dama de la frontera: Su hija fue doña Aparicia Rodríguez Manuel (a quien otros papeles de la casa llaman «Aparicia del Fondón y Márquez»). Era «Señora de Manto» (equivalente a Dama de Corte) y residió en Lorca como esposa de su primer marido, Nuño de Mondoñedo, un caballero frontero portugués que murió combatiendo en el asedio de Algeciras en 1342. Tras enviudar, casó en segundas nupcias con el capitán Martín de Morata y Manuel.

Y para que no quede el menor rastro de duda del prestigio familiar, el cronista despliega un currículum impresionante de parientes: un obispo de Cuba en 1581, obispos de Ávila, embajadores de Castilla en Génova y Roma allá por 1413, miembros del Consejo Supremo de Su Majestad e incluso benefactores como don Juan Márquez Orozco, que fundó conventos en México dejando 300.000 patacones para obras pías (si alguien sabe calcular a cuánto equivaldría en la actualidad que no dude en decirlo que una es curiosa).

3. El desembarco en Cuevas del Almanzora


Ese matrimonio de don Martín y doña Aparicia se convirtió en el tronco fundador de los Márquez en la villa de las Cuevas. Al establecerse en la comarca, el linaje se entrelazó mediante matrimonios con las familias hidalgas más influyentes de la zona, muchas de las cuales ya os sonarán de nuestras anteriores entradas: los Soler (o Solier), Blázquez, Guirado (o Guirao), Flores, Benavente, Jofré de Loaysa, Molina o Campoy.

La crónica desgrana con detalle la primera rama asentada en Cuevas, encabezada por Juan Márquez y Aparicia Rodríguez, naturales de Lorca. De esa estirpe desciende una figura clave en la administración local del siglo XVI:

  • Don Andrés Márquez Teruel de Ribabellosa: Natural de Lorca (la «Ciudad del Sol»), llegó a Cuevas como vecino y «nuevo poblador». Allí asumió responsabilidades públicas de primer orden: fue Regidor de la villa en 1584, 1589 y 1604, y Alcalde de Aguas en 1600.

  • El nexo familiar: Casó con Catalina Sabina Gómez de Esquivel, y sus hijos siguieron copando el poder municipal: su hijo Andrés fue también Regidor, y su hija doña Aparicia Rodríguez del Fondón y Márquez (que, al igual que los antepasados que vimos en el capítulo anterior, fue confirmada de niña en 1596), casó con el regidor Pedro Alonso de Soto. El hijo de ambos, Andrés Alonso de Soto y Márquez, llegó a ser Teniente de Alcalde Mayor de Cuevas y contrajo matrimonio nada menos que con una Abellán, cerrando ese círculo de alianzas del que tanto os hemos hablado.

Y hasta aquí llega nuestro Folletón, con datos, nombres e historias de los que hablaremos más largo y tendido en próximas entregas (aquí, siguiendo la tradición familiar folletinesca).

4. Los imperdibles cotilleos de 1935


Y ya que estamos con el periódico en nuestras virtuales manos, podemos echar un vistazo diferente al pasado:

  • Alerta sanitaria doméstica: Un artículo firmado por Salvador Cañadas advierte con enorme dramatismo a las madres de familia sobre el peligro de las gallinas como portadoras del bacilo de la difteria, rogando que bajo ningún concepto permitan que las «inocentes criaturitas» jueguen o besen a los animales domésticos.

  • La comidilla del pueblo: En la sección de sociedad, el redactor no puede evitar comentar el sonado caso de don J. M. F. M., un joven local «muy simpático por cierto», que de la noche a la mañana cancela planes de boda y se marcha a Madrid para ingresar en una orden religiosa. El cronista se apresura a aclarar a los lectores que la decisión no se debe a ningún desengaño amoroso, asegurando que «a cuantas flores se ha dirigido fue correspondido» y achacándolo todo a «algún asunto lírico». ¡Elegancia periodística pura!

Como veis, bucear en las hemerotecas nos ha regalado un viaje completo: desde emparentar con Fernando III el Santo hasta enterarnos de los avisos y comadreos vecinales de los años treinta. Esperemos que haya sido un recreo ameno y curioso y que os haya resultado entretenido.




De La Mancha a Almería: Cómo los hidalgos se mudaron a una cueva

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