viernes, 18 de septiembre de 2026

De piratas, "VPO" del siglo XVI y una boda muy temprana

 

Después de nuestro paseo por las polvorientas hemerotecas, volvemos a nuestros documentos y regresamos al barro de la frontera almeriense de los siglos XVI y XVII.


Los legajos notariales que mi hermana, exploradora de archivos y navegante de documentos, ha logrado descifrar nos dibujan un panorama que ni en las mejores series de aventuras. Olvidaos del romanticismo, eso no será inventado hasta siglos más tarde: en este lugar y en este tiempo, la gente venía a repoblar un territorio arrasado, a defenderse de los piratas y a asegurar sus tierras a toda costa. 

Pasen y vean cómo se las gastaban nuestros antepasados.


1. Los Valero y el aviso notarial


Arrancamos con Pedro Valero y Luisa Hernández (o Fernández, que usaba ambos apellidos según el humor con el que se levantara). Eran de los llamados "cristianos viejos", colonos que llegaron para repoblar la zona.


La prueba documental de que esta pareja andaba por allí en 1590 es una absoluta maravilla costumbrista. En un documento de la zona llamado Concordia de Huéscar, un escribano va a notificar algo a casa de Pedro, pero como este no está, el notario le deja el recado a su mujer anotando textualmente en el registro oficial, vamos, algo así como el cartero dejándote un aviso... cuando lo dejan:


«... y a Luisa Fernández mujer de Pedro Valero, pa que se lo diga, testigos dichos...».


¿No os encanta ese «pa que se lo diga» oficializado ante notario? Suena tan cotidiano y popular...


Su hijo, Ginés Valero, se casó en 1624 con Petronila Gómez de Alarcón. Y ojo a la vida de esta mujer: tuvo nada menos que 10 hijos en una época donde la mortalidad infantil superaba el 40% (diecinueve años de embarazos y partos separados por unos dos años... agota sólo imaginarlo). Ginés y Petronila eran "pecheros acomodados" (gente de dinero, pero que pagaba impuestos), y mientras ella se pasaba la vida encinta o criando, él tenía por ley que guardar un arcabuz, una espada y una lanza en casa para salir corriendo a defender la costa cada vez que las torres vigía avisaban de que venían los piratas berberiscos. 

El estrés debía de causar estragos en aquellos territorios.



2. Los Molina y las "VPO" de la repoblación 


Por otro lado tenemos a Miguel de Molina y Ginesa García, casados en noviembre de 1574. En su acta de matrimonio aparece la anotación: «Nuevos Pobladores».


¿Qué significaba esto? Que formaban parte de ese contingente de familias que la Corona trajo (probablemente de Murcia o la sierra de Cádiz, ya que sus compadres venían de Grazalema) para habitar las tierras vacías tras la Guerra de las Alpujarras y la expulsión de los moriscos. A estos pobladores el rey les entregaba una "suerte de población", que venía a ser un lote con una casa y tierras de cultivo. Lo que venía siendo una VPO de 1574, pero con la condición de que se quedaran allí a vivir y defender el territorio. A pesar del problema con la vivienda, no sé yo si ahora nos apuntaríamos a algo así.

 Por cierto, una pequeña curiosidad sobre el nombre "Ginés/a": delataba claramente que venían de Murcia, y todo era por el fanatismo de la época hacia San Ginés de la Jara (patrón de Cartagena). Era tal la devoción, que miles de niños y niñas de esa frontera acababan bautizados en su honor. Algo así como llamar Daenerys a las niñas tras Juego de Tronos.


Estas tierras eran tan valiosas que su nieto, Tomás Navarro, decidió años más tarde firmar como "Tomás Navarro de Molina", usando el apellido de su madre para dejar bien clarito de dónde venía el patrimonio y quién era el legítimo titular de las suertes de población. Ya sabéis, sólo por siaca...  El marketing siempre ha existido.



3. El escándalo (que no lo era tanto): La novia de once años


Y llegamos al plato fuerte estratégico de la familia: la alianza de los Navarro y los Abellán. ¿A que os suena? Ya sabéis las décadas pasan, pero las costumbres permanecen.


En 1573, un apuesto repoblador (lo de apuesto me lo acabo de sacar del bolsillo, que lo mismo el señor era más feo que Picio) y soldado llamado Juan Navarro bajó desde las montañas de Vélez-Blanco hasta Vera. Allí se casó con nuestra antepasada Elvira Abellán. Hasta aquí, todo normal, ¿verdad? Pues de eso nada, señores, que aquí hay tomate, porque Elvirita tenía exactamente 11 años, 3 meses y 9 días el día de su boda.


Pero tranquilos, no corráis a llamar a los servicios sociales del siglo XVI (total, tampoco existían), antes hablemos del contexto, porque el contexto es el contexto y es importante contextualizar:


  • La edad legal: El recién clausurado Concilio de Trento había fijado la edad mínima para casar a las mujeres en 12 años.


  • El truco legal: Existía un principio jurídico llamado «malitia supplet aetatem» (la malicia suple la edad), por el cual si el párroco o la familia consideraban que la niña ya estaba desarrollada, tiraban para adelante con la boda sin pedir costosas dispensas al obispo (lo que significara “desarrollada” ya es otra discusión, claro). 


  • El verdadero motivo, LA TIERRA: Vera acababa de sufrir un terremoto que la arrasó, y después una guerra. Estaba vacía y llena de moriscos y corsarios cabreados. Los padres de la niña (Francisco Abellán y Elvira de Segura, grandes terratenientes de la oligarquía local) necesitaban urgentemente casar a su hija con un soldado cristiano viejo como Juan Navarro para que éste defendiera sus enormes propiedades con la espada y, de paso, reclamara más tierras en los repartimientos que estaba haciendo el Rey ese mismo año. Lo siento por los amantes de las comedias románticas, pero me temo que eso del matrimonio por amor no se estilaba.


Fue, pues, un contrato económico de libro. De hecho, la niña ni siquiera usó el apellido Abellán de su padre para casarse, sino que firmó como Elvira de Segura (como su madre), una jugada maestra para blindar jurídicamente que los bienes que heredaba del linaje materno no se pudieran vender ni tocar. Y un dato sobre los Segura: no eran repobladores nuevos, sino pobladores que ya estaban allí. Esto significa que sobrevivieron a los durísimos ataques y masacres que sufrió Vera entre 1569 y 1570 por parte de los moriscos y piratas. Eran unos auténticos supervivientes, lo que le da mucho más peso a por qué su apellido y su patrimonio eran tan sagrados.


Pero, esperad, que hay un pequeño giro: y es que en octubre de 1575, apenas dos años después de casarse con la niña de 11 años y asentar su "Hacienda de Población", vendió o traspasó parte de esas tierras por 28 ducados a un vecino de Murcia. Le faltó tiempo al “apuesto soldado” para llenarse la bolsa. Igual os creíais que eso de la especulación es cosa moderna.


Por cierto, el padre de Elvira, Francisco Abellán, se codeaba con la flor y nata siendo padrino de familias de alta alcurnia (como los Haro o los Cervantes). La jugada de casar a su hija le salió tan bien que sus descendientes directos acabaron siendo Regidores Perpetuos y Alcaldes Mayores de Vera durante los siglos XVII y XVIII. ¡Dejaron atado el poder del pueblo para 200 años! Eso de dejar las cosas del poder  atadas y bien atadas parece  ser tradición hispánica.


Años más tarde, los hijos de esta pareja tan prematura, viendo que en Vera escaseaba el agua, decidieron mudarse al municipio vecino de Cuevas de Almanzora, donde el río daba mejores regadíos y la vida era más próspera.


Y así, a base de matrimonios de conveniencia, de "pa que se lo digas" y de lanzas detrás de la puerta, nuestros antepasados se hicieron dueños del levante almeriense. En el próximo capítulo abriremos por fin el misterioso cajón de la rama de los Márquez. ¡No os lo perdáis!





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